
Existen monstruos maquiavélicos que ejercen poder sobre ciertas personas.
Las relaciones se establecen así la mayoría de las veces.
Inconsciente o conscientemente hay algunos que no pueden relacionarse si no tienen el poder; hay personas que no toleran la igualdad, el dar y recibir, la armonía; sólo soportan y conocen el sometimiento y el dominio hacia el otro, que también lo permite.
Estas historias son más comunes de lo que se piensa. Si comenzamos a observar, en el día a día, vamos a ver muchas situaciones de poder y sometimiento a cada rato. Hay relaciones que ya están pautadas así, funcionan de esa forma.
Solamente con una mirada hay madres que frenan y postergan a sus hijos, hay maridos que con sólo respirar reprimen a sus mujeres, hay dueños que con un gesto dominan a sus perros y compañeritos de escuela que obtienen lo que quieren de los otros a través de amenazas, pactos de silencio, machetes o favores. Entre amigas mujeres es tremenda la competencia por el dominio en el grupo, se traicionan, se trafican secretos e información, se compite por la ropa, por el cuerpo, por el estatus social, por el dinero o por los puestos de los maridos. Existe entre hombres también una competencia feroz. Hablan las corbatas de una manera tajante, las zapatos, las tarjetas de crédito, los celulares, los autos y la mina que los acompaña. El hombre que invita a sus amigos, lejos de ser generoso, por lo general, es autoritario y al pagar tácitamente está dejando en claro que el que paga manda y que sus caprichos deben ser cumplidos.
Todo esto lo puedo comprender. Lo que no termino de entender es cómo es que el otro lo permite. La pregunta es: ¿Cómo convive el sometido con su estado? No estoy de acuerdo con teorías flojas y endebles que tratan de justificar a la víctima con argumentos tibios que aluden a su inseguridad, a su personalidad débil, a su bajo perfil o a su carácter introvertido. No creo que esté relacionado con la autoestima ni con la falta de orgullo o amor propio. No, pienso que se trata de una falta de respeto hacia uno mismo, una falta de conciencia y percepción, una falta de responsabilidad también. Permitir que un par ponga el cuerpo y su voluntad sobre nosotros, festejar en silencio que nos domine, nos someta y nos maneje a su antojo es imperdonable. Puede ser el principio de una cadena espantosa y trágica de sucesos que nos arruinen la vida, sin darnos cuenta nunca que todo comenzó con aquello que permitimos y hemos permitido hace tanto tiempo atrás. La persona que tolera el maltrato y el dominio es casi suicida, no le importa su vida. Su existencia no es símbolo y sinónimo de un acto digno y meritorio. Acaso le importe una pizca su vida como hecho biológico contrario a la muerte quieta y tiesa. Lo mantiene con vida el hecho de estar respirando, ya que respirar le subraya su lejanía y distancia con la muerte atroz, subterránea y eterna, que es a lo único que le teme. No le teme a la postergación de su ser, a la humillación, a no ser y a no tener el valor, el coraje y el orgullo de rebelarse y pelear, dar batalla, morder, torcer, empujar y sacudir al otro hasta ganar su identidad, su entidad, su territorio y, finalmente, su ser íntegro. No.Cuando gana el silencio, el pudor, la conveniencia y la comodidad de la aparente tranquilidad es cuando comienza la traición a uno mismo y la poca admiración a nuestro tránsito por aquí, por lo conocido.
Esto es lo conocido, tal vez no haya un más allá que nos dé la oportunidad para dar venganza; venganza a ellos que nos pisaron y a nosotros que lo permitimos, lo sostuvimos y lo celebramos.
Desde una mujer violada hasta un alfeñique pelando con un gladiador, pasando por uno solo contra las masas o un empleado contra su jefe, uno puede dar batalla y ganar o, por lo menos, morir heroicamente y no antes quedar torcido, moldeado, dominado, abusado.
Lo vemos cuando la gacela se retuerce con alma y vida hasta el final en las mandíbulas del león. La gacela no es víctima.
Las víctimas quedan quietas y siempre cometen un último acto de cobardía que es llamar monstruo al otro.